Sunday, 23 August 2015

¿Cómo me siento?

Es difícil describirlo en pocas palabras. La relación de Panamá con los Estados Unidos siempre ha sido de amor y odio. "América" siempre se me hizo una unión de estados prepotentes y demasiado ensimismados. Amigos, familiares y dos de las personas que más amo en este mundo, mis sobrinos Sofía y Daniel, viven aquí, pero me había dicho a mí mismo que nunca pagaría por un permiso subjetivo para poder entrar a este país, pues los estadounidenses no requieren de una visa para entrar al mío.

De cierta forma así ha sido. Estoy en este país como estudiante extranjero, pero estoy becado por un gobierno federal cuya política exterior sigo condenando. Es que en Panamá, ni hay escuelas para estudiar una pedagogía especial del arte, ni hay plata para pagar los estudios de estudiantes sobresalientes a no ser que seas sobrino de algún ministro.

Concluyo que la mayoría de las personas aquí, de la misma manera que en mi país, prefiere su vida privada a involucrarse en los asuntos que nos agobian a gran escala. Sí, es cierto, me he encontrado con individuos henchidos de nacionalismo y con gente casi tan plástica como en Panamá, pero también he conocido muchísimas personas a quienes sí les importa, y gente amable que me ha tendido la mano sin esperar nada a cambio.

Una de las mayores virtudes de un programa como este es la oportunidad de intercambiar con estudiantes de todo el mundo. Me emocionó conocer compañeros y compañeras de África: Botswana, Namibia, Kenya, Togo, Ruanda; la conexión con ellos fue inmediata. Francia, Finlandia, Portugal, India, Túnez, Egipto, Indonesia, Pakistán, Afganistán; hermanos latinoamericanos de Paraguay, Dominicana, El Salvador, Colombia; con ellos siempre es como estar en familia; y por último, una estudiante de Kosovo y otra cuya familia es originaria de Tibet.

Qué interesante, pensaba yo, la reacción de Occidente en el caso de Kosovo, en comparación con el silencio que siempre ha imperado con respecto a la situación del Tibet.

Sentados bajo la negra noche concluíamos: entre los estudiantes que nos encontramos aquí, prácticamente todos nuestros países han sufrido invasiones, violaciones, colonización, "des-colonización" y múltiples intentos de destruir y absorber la cultura local. Nos plagan las mismas burocracias corruptas e ineficientes bajo la complicidad de potencias que se dan golpes de pecho de democracia y derechos humanos mientras nuestra gente confecciona y cultiva los productos que se consumen en el mundo entero.

Yo reflexionaba. No es fácil navegar las aguas de tantas contradicciones. Somos privilegiados de poder recibir una educación vedada a la mayoría de nuestros compatriotas, pero también se nos da una oportunidad de decidir qué hacer con lo que recibimos aquí.

Un pana en el desierto

Mi primer saguaro frente al aeropuerto



Aún después de dos semanas de haber llegado a Tucson, todo me parece tan diferente de mi país que es difícil creer que en verdad estoy aquí. Arizona ni siquiera figuraba entre mis opciones para mis estudios de postgrado; yo me imaginaba haciendo katas en Central Park y defendiendo mi espacio personal entre calles atestadas de gente, no deslizándome por debajo de delgadas acacias y por los costados de cada edificio en busca de sombra.
El calor del verano, seco como en todos los desiertos, te abraza, te quema, te evapora.
Yo, acostumbrado a la exuberancia de verdor, me hallo en un lugar de vida modesta, pero increíblemente resistente.


Y entonces cae el agua.

Sí, una verdadera tormenta. Es el monsón de verano, y en cuestión de minutos, con la furia de un viento despiadado, se aviene tanta agua como un río que cae del cielo.
Un par de horas después, el agua se ha ido casi ya.
A pesar de todo, me encuentro también amando esta tierra y cielo desnudos. Sin embargo me da risa: yo que me ufano del planeta entero como mi hogar, me encuentro a ratos escuchando música en español, como para no sentirme tan lejos de casa.